La historia ha sido cruel con Bruce Brown. Más allá de algunos círculos cinéfilos y de amantes del motociclismo y/o el surf, su nombre resulta tan indiferente a los oídos del gran público como el de cualquier ciudadano de a pie. Algo que Brown nunca ha sido.

Pionero del documental de surf y creador del mejor retrato del motociclismo jamás rodado, Brown fue entre las décadas de los sesenta y los setenta del siglo pasado, ante todo, un visionario. No solo porque su cine –que podríamos calificar como “documental aventurero”– se adelantara en técnica y narrativa a su tiempo, sino porque supo ver más allá del estereotipo social en dos ámbitos tan intrínsecamente ligados desde su origen como son el surf y las motos.

Aunque ahora se nos venda como una comunión postmoderna destinada al mercado hipster, las dos ruedas y la tabla han ido de la mano desde que, en la década de los sesenta, surgiera una reivindicación de ambas por parte de una generación de jóvenes airados. Ya en los minutos iniciales de “The Endless Summer” (1966) el propio Brown –narrador tanto de éste como del posterior “On Any Sunday” (1971)– establece un paralelismo entre sendos mundos al citarlos entre los hobbies de la nueva América. La relación subliminal que se establece desde entonces entre surfistas y motoristas no es baladí. Cinco años después, Brown validará su tesis con “On Any Sunday”, documental en que sigue a lo largo y ancho del planeta –con parada en El Escorial para el International Six Day Enduro, conocido por entonces como International Six Days Trial, incluida– a un joven Malcolm Smith, genio superdotado en la mayoría de las disciplinas del motociclismo que uno pueda imaginar. Smith, junto al por entonces campeón de motociclismo norteamericano Mert Lawwill, son para “On Any Sunday” lo que los surfistas Mike Hynson y Robert August, que recorren el mundo en pos de un verano infinito, para “The Endless Summer”.

Pero, más allá de su amor incondicional por la disciplina que practican, ¿dónde se encuentra el nexo de unión entre los motoristas y los surfistas captados por la cámara de Brown en sendos documentales? La respuesta es obvia: en sus disciplinas mismas. Y es que, si bien Lawwill y Smith son eminentemente participantes de competiciones colectivas, el espíritu con que abordan su relación con la moto es el mismo que con el que Hynson y August se relacionan con sus precarias tablas: la búsqueda de la libertad personal por medio de la fusión espiritual con un entorno hostil. Aunque los motoristas y los surfistas marchen en ocasiones en pequeños grupos, la esencia y la necesidad de su obsesión surgen precisamente del componente individual inherente a ambos deportes.

Si bien en “On Any Sunday” lo anterior no resulta evidente hasta el tramo final del documental, en “The Endless Summer” la búsqueda de la ola perfecta se entiende, desde el primer momento, como un acto de índole cuasi mística al que el individuo debe enfrentarse en soledad. Así, los momentos más brillantes del film los encontramos en los lugares más remotos –Ghana, Senegal, Nigeria– donde, más que por ser pioneros, Hynson y August son incapaces de borrar la sonrisa de su rostro precisamente por la intimidad con que pueden relacionarse con el océano. Es por ello que, en ciudades más pobladas, como Capetown en Sudáfrica o Perth en Australia, los surfistas no acaben de sintonizar con las olas y terminen optando por marcharse en busca de parajes más ignotos en los que poder cabalgar la ola perfecta.

En el caso de “On Any Sunday” todo lo anterior se cristaliza en el retrato que Brown hace de las Desert Races de Nevada y Baja California en el tramo final de la película. En la soledad del desierto, víctimas del calor y las inclemencias meteorológicas, los participantes son conscientes de que el rival no es el entorno, sino ellos mismos. Es en la comunión integral con el violento paraje natural –así como en su domino del mismo– donde encontramos el germen de su amor por la disciplina. Un caso simétrico al que veíamos cinco años atrás en “The Endless Summer”. La actitud de los locos pioneros surfistas, que cabalgan las gigantescas olas del North Shore de la hawaiana isla de Oahu, es la misma que la de Malcolm Smith cuando termina en primer puesto su travesía por el desierto de Nevada. Una actitud inmortalizada por Brown en el primer plano de su contagiosa e imborrable sonrisa de felicidad. La sonrisa de quien ha dominado al entorno, pero también de quien se ha dominado a sí mismo.

Por si quedaba alguna duda, en el cierre de “On Any Sunday” Brown hace, si cabe, más explícito el maridaje entre el surf y el motociclismo. En una playa vacía, una tarde de domingo cualquiera, Mert Lawwill, Malcolm Smith y el actor Steve McQueen –amigo de ambos y productor ejecutivo de la película, a quien el espectador ya ha visto competir en algunas pruebas de motocross y en una desert race a lo largo del metraje–, conducen sus motos hacia la inmensidad del atardecer californiano. Poco antes, la voz de Brown ha abandonado su característica ironía habitual para formular la mejor y más lucida apología del motociclismo: “montar con tus amigos. Un sentimiento de libertad. Un sentimiento de alegría que no puede expresarse con palabras. Algo que no puede comprenderse si jamás se ha experimentado”.

Por Daniel López Leboreiro

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