U2 – THE JOSHUA TREE TOUR 2017 – BARCELONA

Juan Mármaro.
La tarde avanzaba pesada, sofocante, asfixiante, pero henchida de ilusión, húmeda como lo que era, una mujer madura que se sabe febrilmente deseada por todas las personas que allí nos encontrábamos (personas jóvenes, no tan jóvenes, maduras y más que maduras), dejando entrever sugerentemente su piel sudada entre el escaso ropaje. La cerveza es el alivio del rockero, el bálsamo del sediento, el nepente del que espera bajo un calor de plomo con cierto recelo para ver si se cumplen sus expectativas, y corría por miles de litros a lo largo y ancho de todo el Estadio Olímpico de Barcelona, que iba llenándose de fieles que habían pasado horas bajo un sol inclemente esperando la apertura de sus puertas. La emoción se palpaba físicamente. “The Joshua Tree” no es un álbum cualquiera, no es uno más, sino uno de los más vendidos de todos los tiempos y el que colocó a los irlandeses U2 en la primera línea de fuego, catapultándolos a la gloria, uno de los mejores y más reconocidos discos, y esta gira, “The Joshua Tree Tour 2017”, conmemora los 30 años de la explosión que supuso su salida al mercado.

Noel Gallagher y sus High Flying Birds, en su calidad de teloneros, salieron al escenario y comenzaron a subir la temperatura con algunos temas de su cosecha y unos pocos de Oasis que hicieron de bebida energética para los pacientes espectadores. Cuando dejaron de tocar, más de 55.000 personas de diferentes lugares de dentro y fuera de España habían ocupado todas las localidades, atestiguando el lleno absoluto del estadio. El público miraba con impaciencia sus relojes mientras los pipas ultimaban detalles en un escenario de más de 60 metros de largo, presidido por un enorme fondo con un árbol de Josué que era la carta de presentación de la banda estrella, un testigo mudo que insinuaba lo que se nos vendría encima (aunque inicialmente algo sobrio –Dios nos libre de las aguas mansas-, lo que nos llevaba a pensar que podría tratarse de un guiño a los espartanos escenarios de mediados de los 80), mientras la música de fondo amenizaba la espera a la vez que la noche se cernía sobre Barcelona paulatinamente, lenta, tremendamente lenta para los impacientes fieles allí congregados. Estamos a escasos 20 metros del escenario, en pleno corazón, en todo el meollo, junto con un íntimo amigo y un grupo de hombres y mujeres con los que esa tarde ya había forjado un vínculo y esa noche se terminó de sellar. Continuaba la música de ambiente amortiguando la espera. ¡Qué bonito tema el “The Whole of the Moon” de los escoceses The Waterboys!

De repente, un espléndido Larry Mullen Jr. al que el dios Cronos trata con especial delicadeza aparece desde el fondo del escenario y, pasando junto a su batería, comienza a avanzar a lo largo de un pasillo que se ubica entre el mar de personas que enfervorizadas comienzan a aplaudir, silbar y gritar, para sentarse con extrema naturalidad sobre el banco de otra batería instalada en un escenario pequeño al final del corredor, con la forma de un árbol de Josué horizontal. Toma sus baquetas y arranca el espectáculo al ritmo marcial de los toques de caja de “Sunday bloody Sunday”. El estadio se viene abajo y The Edge, que acaba de aparecer, comienza a arpegiar su guitarra mientras se dirige hacia su compañero, seguido de Adam Clayton e inmediatamente por Bono. El aullido del público es abrumador, como si se tratase de un único ser mostruoso que ruge hambriento bajo unos sencillos pero potentes focos blancos. Un primer disparo en la línea de flotación. Tocado. Termina el antaño controvertido tema que se convirtió en un himno desde que apareciera en 1983 y arranca sin darnos tregua “New Year’s Day”, acompañado de un nuevo rugido. Segundo torpedo, esta vez bajo el agua. Seriamente tocado. Desde el segundo 0 la banda se ha venido arriba, y el público con ellos. La comunión ha comenzado, lo que muy pocos han conseguido hacer a lo largo de sus carreras en algunos conciertos, entablar una línea a modo de cordón umbilical con el público, es algo que U2 suele hacer en todos los que ofrece a medida que transcurren, pero esta vez no ha requerido tiempo, la conexión se ha producido desde los primeros golpes a la caja de Mullen. Mientras se extingue el tema y Bono agradece que se le haya traído aquí e indica que ha visitado la exposición actual de Bowie en Barcelona, comienzan a sonar las notas dulces de “Bad”. Confieso que ese momento me supera como devoto. No puedo contenerme. No puedo retener las primeras de las muchas lágrimas que voy a derramar a lo largo de este concierto, aunque intento sin éxito que nadie se percate de ello. ¡Qué carajo!, los hombres de verdad somos los que lloramos. Uno de mis temas favoritos siendo ejecutado en vivo, a escasos metros de mí, sonando para mí y para todos, y muy elegantemente la banda encaja en el tema el estribillo del “Heroes” en un homenaje al desaparecido genio Bowie. Tercer misil en pleno casco subacuático. Irremediablemente tocado. No hay tregua. Parecen pensar: “¿No nos queríais aquí? Pues aquí estamos. Estoes lo que hay”. Arrancan las primeras notas de “Pride (In the name of Love)”. La entrega de las más de 55.000 almas es absoluta. El tributo ofrecido a los dioses está sobre el altar. Nosotros pedimos, ellos ofrecen, nosotros respondemos y continúa el pacto sinalagmático no escrito de sentimientos. Tienen nuestras almas sobre las palmas de sus manos. Cuarto disparo. Tocado y hundido. Nadie puede evitar doblegarse. Todos estamos rendidos irremediablemente. Mi voz flaquea, más que tras cantar durante un concierto entero. Mi garganta comienza a resentirse porque no modulo, canto a destajo, a degüello, sin mesura, como si en ello me fuera la vida, pero para qué quiero mi voz sino para quebrarla cantando los temas que mi banda está ejecutando en vivo, a escasos metros de mí, a sabiendas de que aún no ha comenzado lo crucial. Soy joven. Soy libre. Soy feliz. En estos momentos no hay nadie más feliz que yo en el planeta Tierra.

Uno a uno, los irlandeses que desde hace décadas son de Irlanda y de todo el mundo se dirigen al escenario principal. Saben perfectamente que han conseguido lo que pretendían: noquear al público sin compasión en un tiempo récord. Saben que la entrega es absoluta. Saben que son los putos amos y que van a demostrarlo una noche más.

De repente, la pantalla gigante, de la misma longitud que el escenario y al menos 15 metros de altura, se ilumina en un rojo intenso, el mismísimo rojo sangriento que lleva décadas acompañando al tema que abre el álbum homenajeado en sus ejecuciones en vivo. El árbol de Josué nos tiene ya a todos atrapados o cobijados bajo sus extrañas ramas. La rotundidad de “Where the streets have no name” en directo comienza a tomar cuerpo con la ferocidad de un bulldozer. Uno de los temas más potentes en vivo del Rock no puede hacerse de otro modo. El estadio hierve. No hay un solo espíritu que no vibre. La emoción ya no se palpa a secas, puede morderse. La pantalla se torna en blanco y negro y aparece la imagen en movimiento de una carretera infinita que cruza un paisaje de ensueño. Este es solo el impactante anticipo de lo que vendrá a lo largo del concierto. Las imágenes, rodadas por el cineasta y fotógrafo holandés Anton Corbijn en Death Valley y Zabriskie Point (EE.UU.), irán acompañando a los temas del disco celebrado, dotando a la música celestial de una estética cuidadísima y bellísima, fidelísimamente trasladada gracias a la pantalla gigante de LED que, pese a sus dimensiones, ofrece una nitidez imposible de describir. Créanme: imposible, salvo que se compare con la capacidad

de nitidez de un par de ojos humanos sanos. Acaba el tema y se palpa el ansia del público. Los dioses están crecidos. Parecen pensar: “Sabemos lo que queréis. Habéis venido a por esto. Aquí lo tenéis”.

Se dejan oír los acordes iniciales de “I still haven’t found what I’m looking for” y todos nos dejamos mecer. Bono tiene la garganta tocada, pero a estas alturas no importa. A mi alrededor hay personas emocionadas, muy emocionadas, y no solo por la música, sino también por la sobrecogedora belleza de las imágenes de la pantalla.

“With or without you” se enreda sutil y elegantemente en los más de 55.000 corazones que danzan. Que no cese la magia. Las parejas se besan. Las luces de los teléfonos móviles inundan el estadio. Estamos todos en pleno estado de gracia. La liturgia comienza a alcanzar cotas de verdadera religión. La simbiosis entre los devotos y sus dioses está perfectamente fraguada.

“Bullet the blue sky” es lanzada con la potencia que la caracteriza, convirtiéndose en uno de los momentos álgidos de la noche. El que probablemente sea el tema más rockero de los irlandeses nos aplasta con la voracidad de su mensaje, por más que lo conozcamos de antemano, y Bono homenajea la portada del “Rattle & Hum” tomando un enorme foco con el que da luz a The Edge, como en la ejecución del tema en la película documental mencionada.

“Running to stand still” trae consigo un nuevo campo de luciérnagas. Los corazones siguen entregados y entonan el estribillo con Bono, que al finalizar el tema anuncia el inicio de la cara B del disco, comenzando a sonar uno de los mejores temas de la banda que antes de esta gira creo que no ha sido interpretado en vivo: “Red Hill Mining Town”, con una sección de vientos y unas imágenes igualmente bellas a las anteriores. Le sigue “In God’s Country”, desplegándose a lo largo y ancho de la pantalla el árbol de Josué de manera que a todos impacta, debido a su potentísimo colorido.

Se va aproximando el final del disco que se homenajea y la incertidumbre comienza a arañar nuestros corazones: ¿qué harán cuando acaben? Arranca, tras una breve introducción, la armónica de “Trip through your wires”, acompañada de unas preciosas imágenes americanizadas en las que una delgada vaquera hace bailar un lazo y pinta una ajada casa de madera con las barras y las estrellas de la bandera estadounidense. Al

concluir la canción, Bono lanza la armónica al público, precioso botín para algún afortunado.

“One Tree Hill”, la preciosa canción dedicada por Bono a su amigo Greg Carroll, fallecido en un accidente de moto, y presentada indicando que es probable que todos tengamos alguna historia similar, y que el duelo jamás concluye, embarga de emoción dulce. Sapientísimas palabras.

“Exit” es precedida por un montaje de una clásica película de vaqueros doblada en la que se trata al presidente estadounidense Donald Trump como un mentiroso, siendo desafiado por uno de los protagonistas. Bono aparece vestido de pistolero y se encara al público arrojando un buche de agua a modo de escupitajo en un alarde de escénica chulería. El tema promete, y vaya si promete, consiguiendo otro de los momentos más calientes y potentes de la noche, explotando y haciéndonos explotar con él.

Llega el momento del cierre del disco y comienza a sonar la amortiguada a la vez que rotunda “Mothers of the disappeared”, dedicada a las madres de la Plaza de Mayo, con un impactante fondo en la pantalla de señoras mayores portando velas que van siendo apagadas a medida que avanza la canción, concluyendo con el ya célebre coro “El Pueblo vencerá”.

Los corazones palpitan. Ahora sí que toma cuerpo la incertidumbre, concluidos los once temas de “The Joshua Tree”. La banda saluda mientras Bono agradece al público haberles brindado una vida increíble. Todos sabemos que no es el final del concierto, pese a que la banda se despide. Pero estamos en España, y el palmeo y el “Oeoeoeoeeeeeé” no tarda más que unos segundos en atronar.

Vuelve la banda al escenario tras escasos minutos y Bono reinicia el espectáculo con su característica reivindicación social, pidiendo el acogimiento de refugiados, relatando la historia de una joven refugiada siria que persigue el sueño de ser abogada, siendo todo acompañado de unas impactantes imágenes rodadas en un campo de refugiados, comenzando a sonar la preciosa “Miss Sarajevo”, mientras el estadio vuelve a iluminarse como si tuviese vida propia, gracias a las decenas de miles de teléfonos móviles que se mecen al son del tema, que concluye con la voz grabada del desaparecido Luciano Pavarotti.

Un impactante “Beautiful day” estalla tras indicar Bono que es una preciosa noche, volviendo a hacer que los devotos se quiebren a brinco vivo, pero no puede concluir la fiesta del salto, pese a que el calor, más sofocante que unas horas antes, sigue ejerciendo peso, siendo seguida de “Elevation”, y a renglón seguido por el “1, 2, 3… 14” de “Vertigo”, con otro guiño a Bowie entremetiendo fragmentos del “Rebel Rebel”. El ritmo frenético alcanzado por estos tres temas toma tierra con una magnífica ejecución de “Ultraviolet (Light my way)”, dedicada a las mujeres, a todas, a las de los miembros de la banda, a sus hijas, a las que han luchado y luchan por sus derechos y a las que se encuentran en situaciones adversas, mientras imágenes de algunas mujeres de mayor o menor relevancia de la historia aparecen en pantalla.

La preciosa “One” vuelve a enternecer y a amansar a la masa, deleitándola nuevamente y enredando más fuertemente los cordones umbilicales de las almas agradecidas que allí nos encontramos.

La banda se dirige al escenario pequeño y ejecuta “The little things that give you away”, precioso nuevo tema inédito que destaca por su intimidad, a la par que las luces del estadio van encendiéndose.

De nuevo se dirigen al escenario principal, saludan y se pierden bajo la pantalla.

Curiosamente, el público no pide más, se siente satisfecho. Vinimos a por esto y esto hemos recibido. Los dioses irlandeses vinieron, se llevaron un pedazo más de nuestra alma, nos ofrecieron nuestro alimento y se marcharon. No se les podía ni se les debía pedir más. La ofrenda ha sido hecha, el tributo se ha pagado. Muy pocas estrellas pueden conceder la plenitud del estado de gracia a sus fieles, muy pocas. No importan las horas de espera al sol, no importa la elevadísima temperatura, no importa el dinero gastado (perdón, invertido), no importa que duelan pies, cintura o cervicales, no importa ver los patosos movimientos de Bono, porque nos gustan, porque son suyos y porque nos encanta que se mueva así, y los suplen los de The Edge y Clayton, que se mueven con la destreza que siempre les ha caracterizado. Lo que importa, lo que verdaderamente importa es compartir esos momentos con quienes te rodean. Varias generaciones se dieron cita en un estadio. Muy probablemente, cada cual conocería a alguien, o quizá no, pero esa comunión que ofrece U2 a su

público trae consigo una confraternización francamente impactante, si se aprecia desde fuera. Muy pocos son capaces de conseguir esto. Muy pocos lo han hecho y muy pocos lo harán.

Mientras avanzaba el concierto, me veía en la necesidad de estrechar los hombros de mi buen amigo Guillermo (gracias al cual pude asistir al concierto), como diciéndole: “Estoy aquí. Estoy aquí contigo, amigo mío. Estoy feliz porque puedo estar aquí y puedo llorar escuchando y cantando estas canciones que están arraigadas a mis entrañas, estas canciones que conformaron un disco que cambió mi vida, mi enfoque vital, mi puente de niño a hombre. Estoy aquí. Me siento feliz”.

No se trata de un concierto más, no, no se trata de eso, y lo atestiguaba la felicidad que los rostros mostraban al concluir el concierto, la plena satisfacción, la pureza de espíritu, la dicha celebrada bajo una calurosa, húmeda y preciosa noche barcelonesa que jamás podré ni querré olvidar.

Pretendo ser objetivo, aunque reconozco que la pasión me desborda por estos cuatro irlandeses que forman parte de mi columna vertebral desde mi más temprana adolescencia.

Queda U2 para muchos años. El avión espía se encuentra cargado de queroseno y seguirá surcando los cielos del planeta.

Larga vida al Rock n’ Roll.

Larga vida a U2.

Gracias por todo lo ofrecido y por lo que traerá el porvenir. Gracias, gracias, gracias, GRACIAS.

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