IN MEMORIAM

Uno de los momentos más emotivos del memorial en honor a Lemmy Kilmister que tuvo lugar en Los Ángeles en enero del 2016 tuvo como protagonista a Dave Grohl, fan y amigo del desaparecido líder de Motörhead en sus últimos años de vida. Lejos de dar una visión idílica y mentirosa del día en que se conocieron, Grohl, visiblemente emocionado, compartía con los ahí presentes –y con medio mundo, pues la ceremonia fue transmitida en streaming– la historia del día en que conoció a su héroe musical, o en palabras del líder de Foo Fighters, “el único rockero que conjugaba mi amor por AC/DC, Sabbath y Zeppelin con mi amor por GBH, The Ramones y Black Flag”. El encuentro tuvo lugar en el legendario strip club Crazy Girls mientras el líder de Motörhead, antiguo bajista de Hawkwind y pipa de Jimi Hendrix –así de impresionante era el curriculum del señor Kilmister– jugaba a un videojuego y pasaba de las strippers. Aquel día, el líder de Foo Fighters le profesó su amor incondicional. El de Motörhead le dio el pésame por su amigo fallecido (Kurt Cobain).

Anécdotas. La vida e influencia de Lemmy puede medirse en anécdotas.

Tal vez la anterior no sea la más espectcular pero, con su panegírico, Dave Grohl subrayaba la mayor de las virtudes de su héroe: su humanidad. Resulta facilón alabar a los fallecidos, obviar sus miserias, fallos y defectos en pos de la exaltación de sus virtudes, por pocas que estas fueran. Pero, en el caso de Lemmy, resulta curioso comprobar cómo la comunidad rockera no tuvo que esperar a su muerte para deshacerse en elogios profesados a la cara, como a él le gustaba hacer las cosas. Apenas dos semanas antes de su repentina muerte a manos de un cáncer muy agresivo, Lemmy celebró en la mítica sala angelina Whiskey A-Go-Go su setenta cumpleaños rodeado de familiares y amigos. Si es que esa distinción puede ser aplicada a su caso, porque arropando a Lemmy estaban Billy Idol, Sebastian Bach, Slash, Zakk Wylde, Lars Ulrich… Su familia rockera. El batería de Metallica, que con apenas 16 años siguió a Motörhead de gira por Estados Unidos y Europa como primer presidente del club de fans de Motörhead en Norteamérica, recuerda aquella noche junto a Lemmy como una reunión de antiguos compañeros de clase en la que, en los diez minutos que pasó a solas con él, le dijo literalmente que dicha fiesta demostraba “su obligación de vivir para siempre”. Pero la llama que ardía dentro del compositor de títulos fundamentales del rock and roll del siglo XX tales como “Aces of Spades”, “Overkill” o “Orgasmatron”, se estaba apagando. Por eso Lemmy, aunque mantenía vigente su gira europea de 2016 –con parada en España–, decidió pasar sus últimas navidades rodeado de su familia directa. Mientras jugaba a su videojuego favorito, sí, pero en casa. Una casa cuya extensión era, en sus últimos años de vida, el Rainbow Bar & Grill de Sunset Blvd., que contaba con una máquina recreativa con el mismo juego junto al que pasó sus últimas horas de vida.

A pesar de sus sobradamente conocidos gustos por la bebida, las drogas, las mujeres, las reliquias del Tercer Reich y los videojuegos, la verdadera y más longeva pasión del señor Kilmister no era otra que el buen rock and roll. En el documental “Lemmy” (2010), su protagonista discute en una entrevista radiofónica con el locutor sobre por qué los Beatles fueron unos tipos mucho más duros –y mejores rockeros– que los Stones. El bajista desarma a su interlocutor con el mayor argumento de peso jamás esgrimido al respecto en esta eterna disputa. “Yo estuve ahí”, señala, antes de explicarle al presentador cómo cuatro tipos duros de Liverpool de la calaña de los Fab For podrían haberle pateado el culo a una panda de pijos londinenses como los Stones. El reflejo que el documental hace de su pasión por los Beatles no acaba ahí, ya que a continuación la cámara acompaña a su protagonista a la tienda de discos Amoeba Records, donde la gerente acaba regalándole su caja de CD remasterizados en mono de los de Liverpool que en ese momento estaba agotada y era extremadamente difícil de conseguir. “Es un honor”, le dice ella.

Anécdotas y más anécdotas. El día a día de la vida de alguien que vivió mucho, que vivió como quiso.

Hace unos meses reseñábamos en estas páginas la sobresaliente autobiografía que Lemmy escribió, con la ayuda de Janiss Garza, en 2002 y que este año se publicaba por primera vez en castellano a cargo de la editorial Es Pop. La principal virtud del texto es que en él no se nos presenta un Lemmy inédito, nuevo o más introspectivo que el que conocimos sobre los escenarios. En absoluto. Desde el primer párrafo, el lector puede reconocer su rasgada voz. No hay lugar para la diplomacia o la corrección política, como deja claro el resaltado de la contraportada, en el que Lemmy advierte al lector: “si piensas que eres demasiado viejo para el rock es que lo eres”. Por eso él jamás envejeció. Porque nunca se vio como alguien mayor, sino –como buen rockero– como un joven inmortal. Una leyenda que él mismo contribuyó a aumentar confesando que, si –como siempre se ha dicho de los Stones– él se hubiera drenado el cuerpo con sangre limpia para desintoxicarse, no habría sobrevivido al efecto que habría provocado en sus órganos el hecho de ser regados con sangre pura.

Son ahora muchos de los que lo vilipendiaron en vida –especialmente en el ámbito de la critica musical– los que lo elevan a la altura de los dioses. Aquellos que criticaban a Motörhead por tener una sola canción –que era su manera de decir que todos sus discos eran iguales– escriben artículos laudatorios sobre un personaje con el que jamás llegaron a conectar. Y no lo hicieron porque no comprendieron su grandeza como compositor, que no es otra que, desde que se puso al frente de Motörhead, Lemmy solo compuso una canción. La misma una y otra vez. Más alta, más rápida, a veces más lenta, pero siempre la misma canción. El mismo tema. Pero qué tema. Porque ese tema, ese y no otro, hizo de Motörhead un grupo pionero, una bestia salvaje más rápida y peligrosa que ninguna que la música popular hubiera visto antes. Lemmy hizo del rock su vida y de su vida su música. De ahí que ésta fuera como él. Honesta. Sin dobleces. Sin dobles interpretaciones. Sencilla, directa, binaria, básica. Los discos de Motörhead hablan por sí mismos. Tal vez eso fuera lo que cabreaba a los críticos: que la crítica sobraba. Canción tras canción, Lemmy y los suyos reinterpretaban el tema anterior usando los mismos elementos primitivos. Elementos que hicieron de la música del diablo lo que es hoy.

Que nadie lo ponga en duda. Hoy, el rock no sería lo mismo si no hubiera existido Lemmy Kilmister. Y eso lo pueden decir tan pocos músicos que asusta.

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