CONCIERTO METZ Y DRAHLA (MADRID)

Existe una realidad en la que el tiempo avanza de manera lineal. Una en que su progresión no se ha atomizado tal y como, en palabras del filósofo coreano Byung-Chul Han, ha sucedido con la temporalidad contemporánea. En ese universo paralelo, la música, como el tiempo, ha avanzado de manera lógica y coherente. Ha aprendido del pasado las lecciones de los maestros, puliendo sus enseñanzas década a década. Cada nueva generación ha aportando su granito de arena. En esa dimensión, la música no se ha atomizado en la repetición de las mismas fórmulas (o, peor, en la presentación de éstas como “nuevas”).

Texto: Daniel López Leboréiro – Fotos: Enrique Mayor

No ha banalizado y comercializado con el poder y la sexualidad femenina tiñéndolos de falsa provocación. No se ha industrializado. El hip hop se ha mantenido fiel a sus principios y no ha devenido en subproductos comerciales como el trap, el reggaetón o las colaboraciones funestas entre raperos de pro e ídolos pop con pies de barro. Se trata de una temporalidad en que se ha mantenido vivo el underground, la escena.

En dicha realidad, una suerte de utópico universo paralelo, Metz es una de las bandas más respetadas del rock del planeta. Llenan estadios, encabezan festivales,  venden millones de discos y no pueden salir a la calle sin ser reconocidos porque, tras su tercer trabajo, el excelente Strange Peace, producido por Steve Albini, han tocado techo. Como les sucedió a los Ramones antes que ellos. Como le sucedió a Nirvana.

Ese no es nuestro universo. En el nuestro, el de los influencers, los instagramers y los iPhone X, Metz no llenan estadios olímpicos ni lideran festivales itinerantes, no. Su vida es menos glamurosa, pero (y aquí viene la nota positiva) igualmente auténtica. Porque son la nueva voz de una generación que, aunque no lo admitamos, se ha convertido en una generación perdida. Una generación que, aunque viva en una realidad que aparente comprender, ha teñido su mundo de nostalgia, incapaces de admitir abiertamente que preferían los casetes de Varios (ahora las llamamos mixtapes con cierta condescendencia) a las playlist de Spotify.

Puede que lo anterior explique porqué bandas como Japandroids, Beach Slang o los propios Metz se han convertido en los responsables de mantener viva la llama del punk rock en los tiempos que corren. Lo suyo es una cuestión de actitud, sí. De sensibilidad, también. Pero, por encima de todo, es una cuestión de edad. Las tres bandas están compuestas por integrantes que superan la barrera de los treinta y cinco años.  No son los herederos de la generación anterior, son dicha generación bajando a las trincheras para salvar el punk rock.

Todo lo anterior podría hacer pensar que la nueva generación no entiende un género que corre el riesgo de desaparecer con el paso del tiempo. De acuerdo con el público que llenó la madrileña sala Moby Dick el pasado sábado 18 de noviembre para sentir la descarga de decibelios de Metz en carne propia, tal parece ser el nuevo statu quo. La media de edad oscilaba entre los treinta y los cuarenta y cinco años. Había honrosas excepciones de público que aún estaba entre la veintena, sí, pero residuales.

Ante semejante panorama, unos post-adolescentes Drahla subieron al escenario para presentar su propuesta post-punk con tintes noise frente al respetable con puntualidad británica. Su show comenzaba con fuerza y entereza, captando la actitud de un público que casi les doblaba la edad gracias a un muro de sonido construido con tan solo un bajo distorsionado, una guitarra y una batería machacona. La timidez shoegazer de la frontwoman Luciel Brown en los primeros compases del set list contrastaba con la urgencia con que sus compañeros de banda atacan sus instrumentos. Tanto era así que el devenir lógico de su actuación tuvo que interrumpirse entre el segundo y el tercer tema para solucionar el imprevisto de una rotura de cuerda en la guitarra de Rob Riggs. Maravillas del underground. El resto del set list trajo consigo un aumento progresivo de la temperatura de la sala. El público entraba en calor con cada tema de los británicos, que dejaron caer en su repertorio muchas de las canciones que conformarán su inminente nuevo EP Third Article (Silk Spirit fue sin duda el tema más bailado), así como singles con los que han ido labrándose un nombre, tales como Faux Text o Fictional Decision.

Tras colocar sus instrumentos en sus atriles y volver a probar los micros, Metz subieron a las tablas de Moby Dick con ganas de epatar. Arrancaron con la grungy The Swimmer (la sombra de Sub Pop es alargada), seguida de la abertura de su nuevo LP, la potente Mess of Wires. En ésta, el sudor ya empapaba la camisa y el pelo de Alex Edkins, quien, como es habitual en él, atacaba su instrumento con una fiereza edificante. Pronto, el incidente de la guitarra de Drahla se repetía, esta vez con la cinta del bajo de Chris Slorach, que se rompía de cuajo en una de sus violentas sacudidas. Tras intentar cambiarla sin mucho éxito ante la complicidad del público de las primeras filas, que ora le animaba ora se ofrecía a ayudarle a repararla, Slorach se armaba de su bajo de repuesto, traído del backstage para la ocasión. La velada continuaba y con ella la sucesión de bombas de racimo: Get Off, Spit You Out, Mr. Plague, Eraser y Drained Lake dieron paso a Headache, tema de apertura de su primer álbum homónimo y que fue una de las más coreados de la noche. Gafas empañadas por el sudor (las de Edkins, especialmente), pogos old school, manos en alto y oídos en los que comenzaba a aflorar el familiar pitido a causa de la inclemente descarga de decibelios.  Metz no daban tregua. La segunda mitad del concierto se presentaba tan enérgica como la primera, con la sucesión de los potentes Raw Materials y Cellophane, sendos momentos álgidos del flamante Strange Peace. El medio tiempo de Kicking a Can of Worms, en el que Edkins pedía al respetable que levantara las manos en un gesto que replicaba la bandera gigante que el grupo había colocado tras el escenario ad hoc, daba un poco de aire una descarga que finalizaba con el triplete formado por Nervous System, The Mule y la ya clásica Acetate, himno de despedida de los canadienses.

Ovación, selfies para el recuerdo con la población más joven de entre el público y cola de rigor en el stand del merchandising formada por gente ansiosa por llevarse a su casa un vinilo, camiseta, poster, parche o chapa capaz de congelar la hora de concierto. Una hora de punk rock vivida en primera persona, digna de un universo paralelo. Ese en el que la música cruda y ruidosa sigue importando tanto como la vida misma.

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